Alberto García escultor

Alberto García

Retrato de Alberto García

A. García Simón

Frente a toda clase de dificultades, en la soledad áspera que airea no obstante la Castilla pinariega, Alberto García Gutiérrez (Valladolid, 1981) levantó su taller con la idea grande, arrebatada, de hacer de la escultura una expresión de su ambición por la belleza. Una transformación de la materia en busca de su equilibrio esencial, de su fuerza dinámica elemental, luego de un arduo trabajo que vindica el oficio y las técnicas de los grandes maestros de la tradición escultórica. En las esculturas de Alberto no hay simulación ni elaboración artificiosa, sino la obsesión reductora de formas y volúmenes que muestran finalmente una pureza nuclear, una armonía espléndida entre la piedra, el aire y la luz que inunda sus huecos, o resbala por el pulido de sus caras. Aquí no hay trampa ni composiciones epatantes, sino talla directa, golpes y constancia de una dificultosa precisión que alumbran la idea primigenia. Es como si en sus obras buscara su propia verdad: un alma grácil, limpia, iluminada, que tras el esfuerzo deja atrás la gravedad de la materia. Éste es el arte específico de Alberto, su originalidad, lo que le hace digno de ser contemplado. Si el arte o la belleza, como quería Spinoza, “no es tanto una cualidad del objeto observado cuanto un efecto sobre el observador”, las esculturas de Alberto, al ser contempladas, sencillamente, nos atrapan.

La formación artística y técnica de Alberto se centró especialmente en la escultura. Pasó por la Escuela de Canteros de Pontevedra (2004) y por la Escuela de mármol de Macael (Almería) en 2006, de la que salió con una Beca Leonardo da Vinci que le permitió hacer un curso de escultura en Carrara (Italia) durante varios meses. Ha sido alumno de dibujo, grabado y escultura en bronce de Venancio Blanco durante varios cursos de verano en Priego de Córdoba (Córdoba), así como de otros cursos de grabado en su ciudad natal. Su preparación técnica es más que notable en el manejo de todo tipo de herramientas para la escultura en los materiales más duros y difíciles, lo que le conecta plenamente con la tradición casi perdida de la talla directa en piedra o en madera. Una tradición, como se sabe, muy fecunda y rica en la Castilla histórica, de la que él se reivindica. Así, su obra realizada hasta la fecha, presenta una rara singularidad no sólo por la impronta personalísima de sus esculturas, pinturas y grabados, sino por el tamaño y dificultad de sus esculturas en materiales, como se ha dicho, muy complicados de trabajar; de modo que, siendo su obra de índole estrictamente contemporánea, su estilo y los materiales tallados le apartan seriamente del mundo liviano, casi líquido y pretendidamente de vanguardia continua que ofrece la escultura y el arte actuales, para entroncarle con las corrientes y ecos más elevados e innovadores del arte del siglo xx, sin dejar por ello de indagar constantemente en los caminos inéditos del futuro, que van abriendo en la actualidad los grandes escultores universales en los materiales más nobles y eternos, y aun en los más modestos.

Cuando se le pregunta a Alberto ¿qué es el arte para él?, contesta con rapidez y firmeza: “Una manera de expresión necesaria de los seres humanos. El arte precede al lenguaje”. Para él el arte es una forma de expresión que se siente y te obliga a sacarla a la luz, independientemente de su concepción moral, de su bondad o maldad, algo que tienes que sacar de ti por necesidad, un impulso que te obliga a intervenir cuando los materiales te salen al paso estimulando tu imaginación. “El artista –dice Alberto– tiene que sorprenderse a sí mismo. Si no te sorprendes con tu propio trabajo no hay avance y, probablemente, lo que hagas no valdrá gran cosa. Si no te sorprendes a ti mismo en la tensión creativa, es improbable que sorprendas a la gente que contemple el resultado final. Por otra parte, la escultura, el grabado o la pintura son una forma de terapia imprescindible para mi propia vida”.

Aunque del arte le interesa todo, Alberto encontró en la escultura la medida más ajustada a sus condiciones y a su ambición creadora. Y la encontró en la piedra primeramente, sin duda por el propio medio al que desde la infancia se halló vinculado: los páramos de Montemayor, Cuellar y Campaspero, una comarca con una notable tradición de cantería de la piedra caliza que, aunque venida a menos o desaparecida, luce espléndida en el urbanismo y la labra de muchas de las casas de los pueblos de esa zona. Pero su conocimiento y pasión por la escultura en piedra van mucho más allá. En Galicia aprendió las técnicas pacientes que trasforman la dureza del granito. En Macael y Carrara descubrió la excelencia del mármol, la belleza de su tersura en sus pulidos finales, la sensación de eternidad de la obra acabada: “La piedra es eterna –dice–, perdura. Produce una sensación completamente contraria a las cosas efímeras, pasajeras. Son parte de la tierra, pero de otra manera. Cuando están a la vista, es como si te invitaran a completar bellamente sus formas, cuando las sacas de la cantera, el cuerpo te pide intervenir. Y cuando las trabajas, parece como si descubrieras su energía. Son materiales nobles. A veces pienso que casi vivos. La idea de la escultura te la da la piedra, su forma, su composición, su estructura. La piedra por sí misma es bella, de ahí que yo suela dejar parte de ella al natural”.


El grabado, la pintura, la fotografía
Los grabados de Alberto están muy ligados a la escultura: “Son composiciones cercanas al lenguaje escultórico. Hay que herir la materia para sacar el efecto que produce en el espectador” –dice–. Pero tanto en una como en los otros, Alberto se expresa yendo a la esencia de las cosas, con un estilo en el que prevalece la idea escueta, las líneas fundamentales que sugieren, por lo demás enteramente, una composición total. “Hasta ahora, en mis grabados y esculturas, hay una forma de expresión minimalista. Menos es más. Se trata de decir mucho con muy poco. Cuanto más sencillos sean la figura y sus trazos, cuanta más claridad haya en su composición, más contundente será el resultado. Se trata de quedarte con lo mínimo para intentar decir grandes cosas”.

Pero Alberto también pinta y fotografía. Lo hace, sin embargo, con un planteamiento distinto a la escultura y el grabado. La pintura le desinhibe y relaja. Para él es otra cosa, un estado diferente donde las imágenes y la imaginación acumuladas salen a la luz sin saber muy bien por qué, pero salen, y forman conjuntos atractivos, a veces con amalgamas de una extraña coherencia. “Mi pintura pertenece más al inconsciente –dice–. Da salida a un poso de vivencias, sensaciones, luces..., cuyo orden final sorprende. En realidad lo que haces es copiar lo que tu inconsciente ha ido acumulando a lo largo de tu propia experiencia”. En cuanto a su fotografía, baste decir que su mirada no deja indiferente a nadie que contemple sus instantáneas. Todas tienen algo especial, una sensibilidad que el común no suele ver, ni siquiera imaginar ante la contemplación de un mismo objetivo.

He aquí, pues, una invitación plástica para mentes sensibles, una llamada amable acerca de un autor y una obra necesarios.


Javier López-Gil Antoñanzas

No me cabe duda de que el mejor texto sobre la obra escultórica de Alberto García podría reducirse a un consejo: acudan y véanla, analicen y saquen sus conclusiones, pero sobre todo disfruten de ella. Porque son los espectadores quienes recrean las obras, y a ellos corresponde juicio y goce. Vaya aquí, sin embargo, el ofrecimiento de algunas claves.


Una aproximación
El poder expresivo de las obras de Alberto es el primer elemento que inunda la percepción. Antes de acometer cualquier análisis, el espectador queda impresionado, esto es, recibe una impresión global que invita a mantener la atención y, en consecuencia, a deslindar las sensaciones. Entonces analiza y destaca los recursos plásticos. Se aprecia una aparente paradoja: cómo las obras que tiene ante sí son complejas, a pesar de la limpia sencillez de estructuración de volúmenes. Su expresividad se acentúa por la cuidada textura, ya sea pulida con mimo, ya expuesta en el capricho de su belleza natural. También por el tamaño, pero, sobre todo, por las formas sugerentes que proporciona el dibujo de las líneas envolventes de superficies y volúmenes.

Es escultura abstracta, pero de una abstracción que nutre la geometría. En la historia de la pintura los movimientos geometrizantes fueron conocidos como pintura concreta, por oposición a la abstracta primitiva, pero ambas coincidían en su rechazo a la figuración: eran no figurativas. De este modo, la mayoría de las obras de Alberto pueden considerarse abstractas, en el amplio sentido de no figurativas. Sobre esta abstracción dijo Oteiza: “La abstracción permite que el arte pueda prescindir de anécdotas, un riesgo para su fin esencial”.

Se advierten geometrías simples, donde toda ornamentación postiza no ha encontrado cabida. El artista ha sentido y elegido la sinceridad que exhiben las formas simples y las texturas naturales o sólo pulidas, para cuantos tienen sensibilidad.

Se prodigan obras aparentemente inacabadas. Ya enseñaron Camille Claudel y Rodin, en su estética del fragmento, que tal recurso, aplicado con maestría, podría ser óptimo acabamiento; que en la materia no intervenida, belleza natural, podía abrirse paso la materia convertida en figura por mano de artista, belleza artificial o cultural. Amor a los diversos materiales y conocimiento de sus posibilidades son una constante en sus obras. Los ama porque los conoce, como sólo así puede darse en profundidad. Y los respeta, sin alterar en ocasiones siquiera las sorpresas que surgen al hilo del corte. Ha dicho J. Hernando: “Los escultores llegan a ser conscientes de que la elección del material resulta decisiva en el resultado final de su obra, no sólo porque sus características físicas condicionan la forma sino también porque su color y textura poseen expresión por sí mismas”.

Otro rasgo que una y otra vez aparece en sus obras es la armonía entre opuestos, la síntesis de contrastes en una estructura estética. La obra como una suerte de oxímoron donde el diálogo entre figuras opuestas y próximas se resuelve en una estética dinámica.

Influencia de los grandes en las obras de Alberto, sin duda. No puede ser de otro modo; quienes se atreven a negar toda deuda con el pasado no sólo son fatuos sino también torpes. En su producción, ya amplia y diversa, se advierte proximidad con algunas obras de Anthony Caro y de Tony Smith, así como de los españoles Oteiza, Pablo Serrano y Chirino.

Indispensable es el estudio en profundidad de los maestros, una vez seleccionados quienes mayor afinidad presentan con el propio sentir, con la necesidad interior; así lo ha hecho. También cabe apostar con ventaja que cuando descubra la obra de algunos otros, todavía hoy, para él, desconocidos, convendrá en su proximidad estética, fenómeno no infrecuente cuando hay maestría; una influencia imposible desde el conocimiento racional, pero abierta al conocimiento sensible, si es que puede denominarse influencia siendo a posteriori.


En particular
Una roca de natural belleza, recogida en aguas gallegas por su visión en bruto, le anunció sus posibilidades como matriz de escultura. Su sensibilidad y oficio creó en su seno un volumen geométrico surgente. Armonía de contrastes.

Varias obras en mármol de Macael, el pueblo almeriense cubierto de mármol, en cuya escuela se nutrió. Dijo Richard Serra que la mayor ruptura histórica en la escultura fue la eliminación del pedestal, ya que anula su integración en el espacio donde se halla. En una de estas blancas esculturas se da la vuelta al argumento, por cuanto es el pedestal quien, ascendiendo, muda en escultura. En otra se destaca la perfección simbólica de un círculo, que genera en su superficie dos ventanas abiertas a la imperfección de la aventura humana. Contrasta en otra un pulido perfecto subsumido en la textura natural. Y en otra el contraste aparece entre una líneas geométricas que respetan haces naturales y sólo los orientan a sus fines; es el logro de respetar la belleza natural de la materia elegida y, al tiempo, revalorizarla.

Es normal recoger los troncos de madera almacenados y llevarlos a la chimenea. Pero el artista descubre en algunos la expresividad diversa de sus vetas y las cicatrices de sus anteriores servicios al hombre; los separa y estructura con ellos un assemblage. Allí se perpetúa un trasvase sin fin de líneas a planos y de planos a volúmenes, ascendiendo y descendiendo.

Dos paralelepípedos adosados de modo oblicuo por extremos forman una V de victoria en la que flamea una suerte de cinta que une y es unida. El bronce confiere especial belleza a la obra. La técnica laboriosa pero grata de la cera perdida supone las etapas sucesivas de modelado y moldeado, desembocando en el margen de sorpresa que revela la fundición.

Un volumen orgánico precedido de una L invertida encaja en los contrastes armonizados. Composición audaz realizada en una especial y bella caliza de Zaragoza que exhibe su difícil equilibrio dinámico entre naturaleza y cultura. Una gran figura triangular que alberga unas expresivas masas orgánicas; un simbolismo que sin desvelar el referente sí apela al simbolismo como tal, como concepto.

Unos hierros sobre mármol, sin duda caros a Chirino. Y un mármol a modo de serpiente erguida, impoluta en textura y color albo.


La forja del arte
Alberto también desarrolla y aplica su temperamento artístico en ámbitos que no son escultura, pero de ningún modo ajenos a ella. Son la pintura y la fotografía, y serán cuantos le vayan surgiendo en su andadura. En general sin intención de buscar, sólo con la fortuna de hallar y el acierto de valorar, como las rocas o los leños que han sido materia de sus obras, como la visión de la aldaba de una puerta o de un apero de labranza por sus tierras castellanas, que desea perpetuar. Son muestras de sensibilidad y actitud artística, aperturas espontáneas.

Sirvan de muestra en pintura unos magmas de acrílicos arrastrados y manipulados hasta dar con una forma seductora, al modo de las deslumbrantes composiciones de Richter en los noventa.

Y sirva en fotografía la serie denominada “Rust”, de rústico, sobre motivos encontrados en aldeas rurales, pequeños útiles o detalles que sólo se manifiestan a ojos de artistas o espectadores con similar sensibilidad.

Es necesaria la sensibilidad, pero no suficiente; permite gozar de la mística del arte, pero ni sensibilidad ni mística surgen en gratuidad. Requieren haber recorrido con provecho las sendas ásperas de la ascética, mediante un duro trabajo de exploración artesana y conceptual. Max Beckmann preconizó la necesidad de buscar la verdad con los ojos: “Asumir el terrible furor de los sentidos confrontados a cualquier forma de belleza y fealdad de lo visible. Si quieres comprender lo invisible penetra tan profundamente como puedas en lo visible”.

Nada mejor que dejar aquí la palabra al eximio escultor y maestro Ángel Ferrant: “Lo que hago es lo que creo. Palabra, creo, en la que se comprime lo de creer y crear. Se cree según lo que se crea, en su doble acepción, y no según lo que se sepa”.

Y las palabras tan justas de quien lleva seis décadas en el máximo nivel del arte de la escultura, continuando felizmente hoy con su actividad prodigiosa, el también eximio Venancio Blanco: “Lo importante es tener y mantener con intensidad la ilusión por el quehacer”. Fueron dichas en un curso de alta especialización para jóvenes escultores.

Del mismo artista es el elogio del dibujo: “El dibujo es el primer responsable del desarrollo de una idea: después de la idea está el dibujo, luego aparece la materia. La pátina es el último dibujo que se hace sobre la escultura”.

En un pequeño pueblo vallisoletano, casi lindante con la provincia de Segovia, tiene Alberto su taller, Montemayor de Pililla. En esa Castilla tan áspera como noble, tan rotunda como sincera, donde cubre el prodigioso azul del cielo. Donde, a decir de Vela Zanetti, en respuesta a quienes le acusaban de monotonía en su color fiel a su tierra castellana, “Castilla tiene color, no colorín; tiene más luz que el Mediterráneo; ocurre que el rayo deslumbra pero no ilumina”.

Sobre el taller, de nuevo el magisterio de Venancio Blanco: “En el taller se juntan el hombre, el artesano y el artista. Si uno falta a la cita más valdría que los otros se fueran para evitar la desazón”.

Después de cuanto se ha dicho no debe olvidarse el aserto de un excelente profesor, crítico e historiador de arte, amén de poeta y ensayista, Félix de Azúa, relativizando la eficacia de glosas sobre la obras de arte: “Las obras hablan por sí mismas o son mudas”. De modo que a toda persona sensible le conviene aprovechar cualquier oportunidad para presenciar al natural y con sosiego la obra de Alberto; y si no se presentara el caso habría que provocarlo.


María Bolaños .- Directora del Museo Nacional de Escultura

El taller luminoso –aún en el invierno– de Alberto García Gutiérrez, con sus máquinas, libros, apuntes, dibujos y unas cuantas piezas sobre todo pequeñas, da una buena idea de la dimensión de su ambición, pero incompleta. Para alcanzar la medida de tal ambición hay que salir al exterior, poblado de grandes piedras en bruto, tallas suyas de buen tamaño, concluidas o desbastadas a medias.

En el terreno que bordea su taller se ofrece a la vista un conjunto de «bultos», generalmente blancos, que delatan el esfuerzo y el afán de este joven escultor, que se ha volcado desde hace años, desde muchacho, en la vocación por la escultura entendida en su faceta más primigenia y original, que estuvo abandonada durante siglos y que sólo los escultores de las vanguardias históricas recuperaron como una garantía de autenticidad y de contacto físico, casi de combate, contra la materia: la talla directa.

Y a ese trabajo ha dedicado sus horas y todo su cuerpo; no sólo sus brazos están en acción, como sucede siempre en los escultores. Lo imaginamos, y él nos lo corrobora, como alguien aislado obsesivamente, como lo estuvo Brancusi, pilar de la modernidad, uno de esos refundadores del oficio, al elegir ciertos principios de esa olvidada tradición del bulto redondo.

Prima en la obra de Alberto el gusto por una abstracción geométrica, de poliedros en los que, lejos de la idea clásica de la escultura como una masa maciza y ciega, los vaciamientos parciales y los espacios interiores, llenos de partículas de aire y luz, dialogan con prismas y planos de estructura simple, siguiendo quizá esa idea de su admirado Oteiza: «A menos materia más energía». Aunque ocasionalmente aflora la lección de Laurens o de Moore y su recuperación de un organicismo que conserva la figura humana, como hacía Baltasar Lobo –y una de las esculturas que vemos en su taller es un verdadero homenaje-copia del escultor zamorano, lo cual supone que quiere ir más allá de las composiciones más conocidas de los escultores del Norte a los que admira–. Una singularidad que lo hace particularmente interesante: la de mantener en algun plano de la pieza la superficie sin tratar de la piedra originaria, como recordando su procedencia de una naturaleza indómita, en la que queda, en cierto, modo el «negativo», la matriz, la ausencia, del bloque extraído.

En todo caso, Alberto nos evoca, con su trabajo, el redescubrimiento, a comienzos del siglo pasado, de una técnica tradicional, talla directa, que había sido olvidada por el escultor. Esa talla consiste en enfrentarse abiertamente con la piedra, esa piedra con la que Alberto ha trabajado durante meses en las canteras de Macael (Almería), Poio (Pontevedra) o en su trimestre italiano pasado en Carrara y en Pietrasanta. Y supone mucho más que volver a una técnica secular que ha regresado hace un tiempo, pero que no todos los artistas eligen.

Ese método recuperado en una centuria, exige un sacrificio y una pericia indudables. Consiste en labrar el bloque elegido artesanalmente, en golpear la piedra con diversos instrumentos y obtener la forma deseada –figurativa o geométrica– a costa de ir cortando y suprimiendo materia. Todas las operaciones necesarias dependen del esfuerzo manual del escultor, desde la elección del bloque en la cantera y el desbastado inicial (que él no concluye en unos decímetros cuadrados, como decíamos), hasta el último pulido de la superficie satinada, lo que supone una especial nube de polvo blanco, que es la aureola final del artista.

Como él sabe muy bien, al elegir la materia bruta y traerla comienzan las dificultades, pues todo ese proceso creador y artesano se desenvuelve en un estado de inseguridad, supone un riesgo continuo, inexistente en otras artes. De la exactitud de cada golpe sobre la piedra dependen tanto el camino mismo que ha de seguirse (una hendidura o un leve error exige modificar el recorrido posible, la forma naciente), como desde luego la belleza y la precisión del resultado. En este oficio, el escultor debe de tener un compás en el ojo, decisivo es la pericia en el golpe.

Representa, por consiguiente, un modo de trabajar complicado y valiente desde el punto de vista mental, pues se basa en una continua y peligrosa sustracción –sólo se puede suprimir materia–, no existente en las artes restantes (incluida, por supuesto, la escultura de modelado), lo cual condiciona todas las decisiones que acompañan al proceso de desbastar para conformar de otro modo del todo diferente la piedra. La disposición formal de la escultura es mayor a medida que la materia disminuye, se adelgaza, se perfila: la materia se transforma en ese proceso.

Si Alberto participa en esa recuperación de la componente artesanal de la creación, eso no quiere decir que no le inspire la tradición contemporánea, hasta hoy mismo. Ni tampoco que sólo se detenga en esculpir. Todo artista se ve impulsado a probar otras técnicas, como el grabado del que ha dado muestras de su dominio.

Pero siempre vemos a Alberto como un artista de la piedra, como un solitario centrado en su pulso con la materia, al que no le importa (dicho sea de paso), para no perder pulso, dedicar algunas semanas a trabajos meramente artesanales.


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